En el
post anterior mencionaba que yo había entrado al
Instituto Politécnico Loyola de San Cristóbal. Nota: no debe confundirse con el colegio Loyola de Santo Domingo, no están relacionados, ni son lo mismo.
Primero, un poco de historia del Loyola (como me referiré al Instituto Politécnico Loyola desde ahora). Este instituto fue inaugurado por allá por la década del 50, cuando Trujillo, para entrenar
peritos en agronomía. Con la evolución de los tiempos, se fueron agregando más "carreras" para formar técnicos en varias áreas (electrónica, mecánica, electricidad), en la capital hay un sitio que se llama
Itesa que es de los mismos padres jesuitas que el Loyola.
Bien, el asunto está que entrar al sitio no es nada fácil. Pero primero otro chin de historia, pero de mí.
Yo estuve desde que empecé en el Colegio Aurora Tavarez Belliard, hasta sexto de primaria. En séptimo, la vieja mía quería ponerme en el Loyola, pero las inscripciones ya habían pasado. Por esto, optó por ponerme en un colegio alterno que había por la tarde, el Colegio Cooperativa Loyola. Las clases eran prácticamente las mismas que por la mañana, sólo que un poco menos cargadas, mas "lite". Allí conocí a Marino Brito, en sus años de enseñanza en primaria. El profesor fue el que me enseño a sumar quebrados, lo que eran raices cuadradas, etc, etc. Ahí hice el séptimo y el octavo.
Para entrar a primerio, que ya era en el Loyola de verdad, se suponía que uno tenía que tener 14 años. Yo tenía 12, casi cumpliendo 13. El lío. La vieja habló con muchísima gente y me recomendaron unos cuantos de los que me dieron clases, especialmente Marino y un profesor de inglés que yo sabía más inglés que él. Me dieron el examen, lo cogí y yo creía que había pasado bien, vaina difícil esa carajo. Cuando voy a buscar mi nota, como medio sabiendo que me iban a decir que me jodí porque yo no tenía la edad suficiente, precisamente me dicen "usted no calificó". Me volteo para irme y ahí llega el profesor de inglés, que era, en ese tiempo, encargado de la biblioteca del Loyola, y me pregunta que qué pasó, y le conté. El pana me consiguió una reunión con el director académico de inmediato y hablando y hablando me dejaron en la prueba de "los 15 días", jejejejje, ay chichí. Eso consistía en coger clases durante dos semanas, de lunes a sábado, en el Loyola durante el mes de Agosto. Daban clases de lo que se hacía allá, les daban tours a uno de los talleres, laboratorios, etc. También daban matemática, español y un par de jodiendas que no me acuerdo. Al final, daban un test para ver si uno estaba ahí porque uno quería o porque los padres forzaban a uno (muchos iban por eso, incluyéndome). Yo dije que era porque yo quería, pero fue lo mejor que hice.
Me aceptaron y me pusieron en 1ro B. Siempre los B son malos, diablo, ahí hicimos de todo. Para ni entrar a detalles, un profesor de teología se fue por nosotros, casi llorando, porque no podía con nosotros. Yo realmente no era de los malos, era tranquilo. Me iba regular en las materias. En las matemáticas e inglés siempre me fue bien. En las otras era que yo como que me quedaba entre 75 y 90 en las notas. Estuve a punto de quemarme en Geografía e Historia, en la que había un profesor que me vivía diciendo "mi amiguito Bigotez Barbaz (anjá, sí, vua decir mi nombre, pendejos) usté' se va ja quemal". Esa era mi cruz en cada clase, y @#$%! ¿cómo no me iba a estar a punto de quemar? Por suerte pasé todas las materias sin irme a extraordinario.
En segundo se hizo una marrulla con todos los estudiantes y terminamos uniendo el segundo y tercero en un solo año, dado que eran 5 para terminar como tecnólogo, yo terminé haciéndolo en 4. Todo transcurrió normal ese año, incluyendo mis reportes de libros que había que leer donde yo leía el prólogo y hacía un resumen del libro de 4 páginas a mano en un examen, bálbaro. Ah, me dio clases el mismo profesor de Geografía e Historia, que joder, la misma cantaleta. Me compraron mis lentes y me pude sentar en la parte de atrás del curso.
En el tercer año, yo creo que fue el que más barajé. Me la pasaba con un cubo de Rubik tratando de armarlo. Eso fue en el 93-94. Armé uno en el 2002. Pasó el año sin complicaciones, pero hubo que coger una reposición de una historia que faltaba para hacerse bachiller, según la secretaría de educación. En eso me dio clases el mismo pana, que maldita vaina. Ese verano del 94 conseguí mi primer trabajo en una compañía que hace plásticos que se llama Duralón, gracias a un vecino mío. Me pagaban RD$260 semanales. Una fortuna.
El último año era en el que había que hacer una tesis para graduarse. Cuánto joder con esa vaina. Y nosotros privando en duros (éramos 6) la hicimos de robótica. Ah carajo, yo me gradué de Tecnólogo en Electrónica Industrial Mención Digital, se me olvidaba ese chin. En ese año yo di muchos viajes a la Embajada de Japón, recuerden que era de robótica la vaina. Por la jodía tesis no pude ir al velorio de mi abuelo en Mao, ya que al otro día yo exponía la jodienda y era un lío para posponer. El día de la exposición me puse una corbata creo que por primera vez en mi vida y expuse mi asunto como un toletico. Pasamos creo que en A, no me acuerdo, ya que me tumbaron el tomo.
En cuanto a Marino Brito, que varios de los lectores que sean estudiantes de la PUCMM. Quisiera ver si alguien tiene contacto con él, para pagarle una comida que le debemos la vieja y yo desde hace más de 15 años. De verdad que ese hombre es el padre de toda la matemática que yo sé. Me encantaba tomar clases con ese señor, se daba a entender perfectamente, no sé si por mi habilidad natural de entender matemáticas o porque enseña bien, pero aprendí muchísimo de él. Gracias Marino, porque gracias a usted rompí en todas las matemáticas de la universidad, que fueron 17, y pase todas menos una en A, que pasé en B, y no fue ni cálculo ni ecuaciones diferenciales, fue matemática discreta.
Esa es la historia de mi bachillerato, que ha sido la base para ser lo que soy hoy, y esa decisión de decir que yo quería entrar al Loyola porque yo quise y no mis padres, fue lo mejor que hice. Para que vean que hay veces que se
debe hacerle caso a los padres, no hacer lo que a uno le da la gana. Pero muchos aprenden a ser hijos luego de que son padres y algunos padres aprenden a serlo luego de ser abuelos.
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